miércoles, 16 de marzo de 2011

DIVINA COMEDIA CANTO V (Infierno)

La Divina Comedia: El Infierno: Canto V

La Divina Comedia
El Infierno: Canto V
de Dante Alighieri




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Así pues bajé del círculo primero
abajo al segundo, que menor espacio ciñe,
pero más dolor, más punzantes lamentos.
Horrible estaba Minos, rechinando dientes:
Examina las culpas en la entrada,
juzga y ordena, conforme se ciñe.
Digo que cuando el alma mal nacida
viene delante, toda se confiesa;
y aquel conocedor de pecados
ve cuál es su lugar en el Infierno:
Cíñese con la cola tantas veces,
cuantos grados abajo quiere sea puesta.
Siempre delante de él hay muchas almas
que van y vienen, cada cual al juicio,
dicen y oyen y después abajo son devueltas.
¡Oh tú que vienes al doloroso albergue
me dijo Minos al verme,
dejando su obrar de tan grande oficio,
guárdate de como entres y de quien te fíes:
¡Que no te engañe la amplitud de la puerta!
Y mi jefe a él: ¿Porqué gritas entonces?
No impidas su fatal camino:
Quiérese así allá donde se puede
lo que se quiere, y no más inquieras.
Ahora comienzan las dolientes notas
a dejárseme oír: he llegado ahora
a donde tantos lamentos me hieren.
Vine a un lugar de toda luz mudo,
que ruge como tempestad en la mar
cuando contrarios vientos la combaten.
La tromba infernal, que nunca calma,
arrastra en torbellino a los espíritus,
volviéndose, y golpeando los molesta.
Cuando llegan ante su propia ruina,
allí son los gritos, el llanto y los lamentos,
aquí blasfeman de la virtud divina.
Supe que a un tal tormento
sentenciados eran los pecadores carnales
que la razón al deseo sometieron.
Y como las alas llevan a los estorninos
en tiempo frío, en larga y compacta hilera,
así aquel soplo a los espíritus malignos
de aquí, de allá, de abajo a arriba, así los lleva;
nunca ninguna esperanza los conforta
de algún reposo, o de disminuida pena.
Y como van las grullas entonando sus lamentos
componiéndose en el aire en larga fila;
así vi venir, exhalando gemidos,
sombras llevadas por la dicha tromba:
Por lo que dije: Maestro, ¿quienes son aquellas
gentes, a quienes el negro aire así castiga?
La primera de aquellos de los que noticia
quieres, me dijo entonces,
fue emperatriz de muchas lenguas.
Al vicio de la lujuria estaba tan entregada,
que en su reino fue ley la lascivia
por no caer ella misma en el escarnio en el que estaba.
Es Semíramis, de la que se lee,
que sucedió a Nino y fue su esposa,
tuvo la tierra que Soldán tiene ahora.
La otra es aquella que se mató amorosa
y quebró la fe de las cenizas de Siqueo;
tras ella viene Cleopatra lujuriosa.
Vi a Helena por quien tiempo hubo
tan malvado, y vi al gran Aquiles,
que al final combatió con amor.
Vi a Paris, a Tristán; y a más de mil
sombras mostróme y señalóme con el dedo,
que de esta vida por amor partieron.
Luego que hube a mi Doctor oído
nombrar las mujeres antiguas y los caballeros,
la piedad me venció, y quedé como aturdido.
Y comencé: Poeta, a aquellos que juntos
tan gustosamente van, yo hablaría,
que parecen bajo el viento tan ligeros.
Y él a mí: Verás, cuando más cerca
estuvieren: y tú por el amor que así los lleva
los llamarás entonces; y ellos vendrán.
Tan pronto como el viento a nos los trajo
les di la voz: ¡Oh dolorosas almas
venid a hablarnos, si no hay otro que lo impida!
Como palomas por el deseo llamadas,
abiertas y firmes las alas, al dulce nido,
cruzan el aire por el querer llevadas:
Así salieron de la fila donde estaba Dido,
a nos vinieron por el maligno aire,
tan fuerte fue el afectuoso grito.
¡Oh animal gracioso y benigno,
que visitando vas por el aire negro enrojecido
a nosotros que de sangre al mundo teñimos:
Si fuese amigo el Rey del universo,
a El rogaríamos que la paz te diera,
por la piedad que tienes de nuestro mal perverso.
Di lo que oír y de lo que hablar te place
nosotros oiremos y hablaremos contigo,
mientras se calla el viento, como lo hace.
La tierra, en la que fui nacida, está
en la marina orilla a donde el Po desciende
para gozar de paz con sus afluentes.
Amor, que de un corazón gentil presto se adueña,
prendó a aquél por el hermoso cuerpo
que quitado me fue, y de forma que aún me ofende.
Amor, que no perdona amar a amado alguno,
me prendó del placer de este tan fuertemente
que, como ves, aún no me abandona.
Amor condújonos a una muerte:
el alma que nos mató caína tiene que la espera.
Así ella estas palabras dijo.
Al oir aquellas almas desgraciadas,
abatí el rostro, y tan abatido lo tuve,
que el Poeta me dijo: ¿Qué estás pensando?
Cuando respondí, comencé: ¡Ay infelices!
¡Cuán dulces ideas, cuántos deseos
no los trajo al doloroso paso!
Luego para hablarles me volví a ellos
diciendo: Francisca, tus martirios
me hacen llorar, triste y piadoso.
En tiempo de los dulces suspiros,
dime pues ¿Cómo amor os permitió
conocer deseos tan peligrosos?
Y ella a mi: No hay mayor dolor,
que, en la miseria recordar
el feliz tiempo, y eso tu Doctor lo sabe.
Pero si conocer la primera raíz
de nuestro amor deseas tanto,
haré como el que llora y habla.
Por entretenernos leíamos un día
de Lancelote, cómo el amor lo oprimiera;
estábamos solos, y sin sospecha alguna.
Muchas veces los ojos túvonos suspensos
la lectura, y descolorido el rostro:
mas sólo un punto nos dejó vencidos.
Cuando leímos que la deseada risa
besada fue por tal amante,
este que nunca de mí se había apartado
temblando entero me besó en la boca:
el libro fue y su autor, para nos Galeoto,
y desde entonces no más ya no leímos.
Mientras el espíritu estas cosas decía
el otro lloraba tanto que de piedad
yo vine a menos como si muriera;
y caí como un cuerpo muerto cae.

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